El eje de la tierra

De Victoria Belaustegui Goitia.

Este relato se escribió bajo el siguiente procedimiento:

*Elegir una persona en la calle, de entre la multitud y describirla. Escribir hacia dónde va y de dónde viene. Pensar una escena del pasado -un recuerdo- que se conecte con algún episodio actual
que vaya a cambiar su vida dramáticamente.

El semáforo cambió la luz a verde, entonces cruzó Thames en dirección norte. Amanecía un día de febrero que aventuraba ser extremadamente caluroso; pero aún el sol acariciaba los bordes de las bocacalles de forma muy tenue. Mientras caminaba en círculos erráticos por Palermo, descubrió un bar chiquito, en la ochava de un pasaje. Su mirada se detuvo un instante en esa fachada rosa cubierta por una enredadera, y su mirada fotografió esa esquina que bien podría ser una de Colonia del Sacramento. Lo atragantó una bocanada de aire rioplatense. Una de las cosas que más lo inquietaban en la vida era estar solo en un bar vacío, e imaginar a todo el personal pendiente de sus movimientos. No hacía tanto calor esa mañana como para sentarse en una de las mesas de lata amarilla que daban calidez a la entrada empedrada. Desde dentro llegaban notas de Jaime Torres y pensó en su casa uruguaya. El 31 de diciembre del año pasado lo había asaltado una “epifanía interna”: debía volver a Buenos Aires. Recordó esa noche de fin de año en la que se cuestionó la vida entera, desde el amor hasta la alimentación. Era casi trillado decir que había repasado su vida en una noche de año nuevo; pero sí, efectivamente, lo había hecho. Y con briznas melancólicas, como todo hombre común, granjeó recuerdos de movimientos pasados. Rememoró ese día de noviembre, poco más de 3 años atrás, en el que se fue furioso de Buenos Aires, por sentir que al irse dejaba caer sus deseos en el vacío. Viajó descompuesto de la angustia en el barco que cruzaba el Río de la Plata, y mordiéndose las lágrimas de impotencia imaginaba qué hubiese pasado si en ese momento lograba timonear su vida. No eran actos heroicos ni hazañas épicas. Eran esos pequeños movimientos de cualquiera que hacen que su vida valga la pena para sí mismo. Pero él, en ese momento, no podía. Esa noche de año nuevo la copa de champagne frío le quemaba la mano. La decisión se dibujó en el aire, en el instante en que una copiosa lluvia de nueces cayó de una bandeja dulce, estrellándose en el parquet tras las pisadas de varios tacos nerviosos. El caos de las doce menos un minuto, el balcón terraza convertido en una avenida de familiares chocándose, en el apuro de servirse las copas para el momento esperado. El murmullo de la reunión se fundía en los fuegos artificiales que asomaban por el balcón. La escena era una película lenta de la que de repente no formaba parte. Se hicieron las doce, una de esas estrellas pirotécnicas atravesó la porción de cielo en la que él hundía su mirada, al mismo tiempo que cavaba un surco en su vida compacta.
Se empezaba a sentir el calor de la mañana en el bar, el mozo llegó con el café y él volvió en sí. Había quedado con Luz a las 10. No la veía desde que se había ido, dejándola caer en ese momento como a tantas otras cosas que él quería en Buenos Aires. Se habían conocido un año antes de que él partiera. Se habían encontrado algunas veces. Saboreaban esperar la cita durante semanas, sin hablarse. No pasaban más de un par de horas juntos. El magnetismo era tal que necesitaban separarse. Ella secretamente esperaba algo más. Pero él no podía con eso, ni con muchas otras cosas que, paradójicamente, deseaba de su vida.
Y ese día, al fin, tenía algo para decirle. Lo había descubierto esa noche de año nuevo mirando las nueces caer. Él mismo era ese átomo de nuez que lo miraba desparramado en el piso. Percibió, sin querer confesárselo, como si intentara mantenerlo en secreto para sí mismo, que desde ahí emanaba una energía que podría mover hasta el mismísimo eje de la tierra. De repente, sintió que estaba de viaje hacía meses. Que vivir en Colonia había estado bien, pero que el escepticismo bucólico ya le sentaba aburrido. Que la historia del argentino desgarrado en Uruguay añorando sus tierras estaba más cerca del berretín que del folletín. Sintió que algo había entendido; aunque no supiera qué. Era algo imposible de asir; sin embargo él ya no sería el mismo.
Luz llegaría y él todavía no sabía de qué hablar. Había vuelto a Buenos Aires a decirle algo. Era una presión exuberante ensayar una suerte de traducción de una sensación electromagnética, que él imaginaba estar conectada con el centro de la tierra. Cualquier hilván de ideas era una traición. Era experimentar la certeza de que no se sabía. Mientras esperaba, movido por la gesta de una inquietud que lo incomodaba, garabateó en una servilleta: “Bueno, para empezar, diría que me gustás. No sé por qué, si me cautivan tus silencios, si es el pulóver raído que tenés siempre, lo que tardás en elegir un plato manteniendo en vilo a todo el ejército de mozos, la timidez con que mirás a cualquier transeúnte. No sé por qué, acaso no importe”. ¿Era eso? Era y no era eso. Al fin y al cabo, pensó, la vida de cualquiera es una pequeña novela personal, que salpica el regocijo pleno de ser especial.

Victoria Belaustegui Goitia
Noviembre de 2012

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