Rombos del pájaro

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De Ramón Raggio.

“Los observadores ven más claro”.
Fortune cookies.
– – –

Me está costando encontrarle la forma a las piezas. Veo borroso el rompecabezas. Conozco la lógica, las reglas del juego, ahora básicamente lo que me falta es descubrir cuál pieza encaja con cuál.
Hasta ahora sé que esa noche la guerra de las mandarinas empezó sin que nadie se diera cuenta, sin respeto y sin permiso. Las horas de la jornada estaban contadas. Faltaban minutos para las doce. Eran dos los guardias de turno. Todo iba de acuerdo a lo pautado. El camión estaba ya cargado, y el chofer con el motor en marcha listo para irse no alcanzó a vernos.
Voy ya por la segunda taza de café. Acompaño cada una de estas oraciones con un sorbo. Me falta soltar. Me cuesta soltar. Siento desmembrar los gajos de una mandarina amarga. Me imagino que se debe a una dinámica mayor, social por caso, que me lleva de acá para allá sin concretar ninguna idea. Quiero desprenderme de eso pero no puedo. Todo el tiempo viene a mí esa imagen.
Según recuerdo primero cayeron los guardias. Por la posición de los cuerpos se supo que no era necesaria la violencia, sin embargo sentíamos odio por cualquier cuerpo con uniforme. Era un rechazo visceral que causaba un solo reflejo casi mecánico: apretar el gatillo. En este juego esa era la ley.
Estoy tirado sobre el pasto y veo dos pájaros que vuelan. El cielo está limpio. Lo más próximo en altura es el árbol que me da sombra. Los dos pájaros van al Sol. Son dos rutas aéreas distintas. Los dos pájaros a veces van cerca, muy cerca, en líneas paralelas. Parece una coreografía perfecta. Casi de novela. Después se atrasa uno. Se alcanzan. Se rezaga el otro. Se vuelven a alcanzar.
No estoy conforme con esto. Sigo buscándole la vuelta a las piezas, como si existiera un orden, una forma o un eje. Veo el hilo. Lo siento entre los extractos. No sé dónde está el puente que los une. Quizás no exista. Quizás son fragmentos de fragmentos y no tienen ninguna lógica común. Tampoco tienen por qué tenerla si lo mío fue siempre vomitar, escupir, bajar por los dedos y abandonar. Eso es lo que me sale fácil. Un tiro y ya. No turning back. Aunque sepa que es mentira. Aunque sepa que todo el tiempo reviso y miro atrás. Que todo el tiempo vuelvo para ver si miran. Vuelvo para ver cómo bajan una escalera o la suben, para ver cómo toman un colectivo y piden el boleto, para ver cómo se suben a un tren y dejan que las puertas se cierren.
Fueron dos disparos certeros. Dos estruendos que pusieron a correr al chofer. Nos hicimos del camión. Todo estaba cronometrado, pusimos el Scania 113 de vidrios espejados de 0 a 100 en tiempo récord.
Ese día tendría que haber subido al tren. Dudé. Mi principio es que cuando dudás demasiado hay que abandonar. Se cerró la puerta. En ese plano no tengo el reflejo mecánico. Después de esa duda me invadió un estado de inseguridad generalizado. Fue un momento donde todo era plausible de ser revisado una y mil veces. Siempre aparecían riesgos que después, cuando era tan grande la duda, acababa por dejar de lado la idea que me ponía a vacilar. Ese puto objeto del deseo.
Todavía restan horas para el viaje. Estoy esperando que me vengan a buscar. Van a dejar el botín y van a venir a buscarme. El cigarrillo arde más rápido de lo normal. De hecho, el terminar y arrancar otro inmediatamente hace que parezca uno solo e interminable. Estoy nervioso. Estoy impaciente.
Siento que las palabras son pequeños espasmos que se suceden uno tras otro, sin más sentido que el haber tenido lugar, el haber tomado cuerpo en estos dedos. Son descripciones de imágenes que tengo en la cabeza y que llevo en el cuerpo. Las llevo encima, como una mochila, pesada, grande, cargada de cosas. Cada año que pasa crece la mochila y corro más lento, me falta el aire y me agito más rápido.
Supongo que si la curiosidad mató al gato entonces fue el ataque lo que mató al perro, porque desde ese momento ando vagando por las calles. Veo ponerse el Sol por detrás de los árboles de bananos en Colombres. Veo todos los colectivos bajar de la autopista e ir a Once. La ciudad está vacía y no tiene nada ni nadie para ofrecerme.
Estoy fuera de mí. De lejos veo mi pierna moverse, como si pedaleara la máquina de coser fija que tenía la abuela. Siento las ondas rusas de una radio en el exilio en mi cabeza. La voz del locutor me dice lo que tengo que hacer, cómo vestirme, qué comer, dónde ir y con quién.
Es viernes a la noche. Se cayó el plan. Faltan quince minutos para las once. La boca seca, los ojos chiquitos, baja un dolor habitual desde el cuello hasta la cintura. La postura no ayuda. Lo único cómodo es mirar los rombos desde la cama. Hace una hora estaba ahí. Pensaba qué colores podría usar. Cómo podrían ser los otros rombos, los que todavía no bajaron del plano de las ideas a la pared.
Siento la tensión en el cuello. Las líneas de un rombo entre los hombros y los omóplatos. La cabeza levemente hacia adelante, como una tortuga estirando el cuello para morder la lechuga. Es exactamente la misma cara de nabo.
Ya están acá. De fondo escucho el queso derretirse sobre la asadera en el horno. Por la autopista pasan los autos que hacen de olas. Nunca hay silencio. Por un rato veo cómo dos pájaros van en la misma dirección, hasta que los pierdo de vista. Siempre habrá un mar de fondo hasta que la ciudad deje de ser ciudad.


Este relato se escribió bajo el siguiente procedimiento:

*Incluir las siguientes frases de forma textual:
La guerra de las mandarinas
Ondas rusas
-Supongo que el ataque mató al perro-

*Condición:
En una casa que no sea la tuya, pedir que te presten el último libro que leyó el dueño de casa. Tomar algunas características de la primera página (Voz narradora, conflicto, época, espacio, palabras, mood, u otras…)

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