Todos los hombres usan montgomery

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De Paula Manzano.

Sale de su casa sin mirar atrás. No puede evitar, sin embargo, imaginarse a Rafaela levantándose a la media hora, poniéndose el deshabillé floreado, arreglarse mínimamente el pelo seco y seguir como zombi hasta la cocina; prepararse un ristretto extremadamente dulce, y esperarlo a él leyendo sin esfuerzo y sin intervención las noticias dominicales.
Pero él sabe que no va a volver.

Todos los hombres usan montgomery. Él no es la excepción. Eso lo aparta del frío por un rato, hasta que ya ni lo siente. Mientras camina mirando el asfalto le cuesta sacarse de la cabeza una definición que leyó la tarde anterior: “Hombre que, no teniendo valor para sostener una lucha cuerpo a cuerpo, la provoca cuando está rodeado de partidarios”. La encontró en uno de los manuales de filosofía a los que todavía no se resigna a abandonar, aún cuando, hace tiempo ya, lo enervan más que gratificarlo o invitarlo a pensar.
El hombre siente la quietud turbada, pero todavía no sabemos qué es.
Él tampoco.
Unos metros más adelante no puede cruzar la calle, la esquina a la que llega está cubierta por un montón de paja, desparramada en un excelso tono maíz. Le parece un tanto extraño para una calle cualquiera de Barrio Parque; sucede que tal irrupción de la naturaleza lo desencaja en un barrio que es, por definición, afectadamente refinado. Deja seguir de largo el pensamiento sin escudriñar la causa, es una contradicción más de todas las que lo controlan, impunes, hace días.
Camina por sobre la caña de trigo, haciendo el ruido seco y crujiente que sale de una caminata en la paja. Le quedan todavía veinte metros del mismo camino. Siente cómo las pajas van penetrando su pantalón de gabardina, cómo van acariciando los pelitos de su rodilla, hasta llegar a punzar su piel y sangrar un poco. Su piel nunca ofreció mucha resistencia. A nada.
Antes de terminar el sendero trigueño, escucha ruido de niños que provenienen de su derecha. Se tuerce para mirar y se encuentra con un pasillo largo, muy largo, que da a un patio. A los costados hay enredaderas que llenan las largas paredes de humedad y musgo. Se da cuenta que nunca había visto esa casa. Y pensar que el barrio se lo tiene tan sabido.
A lo lejos, en el fondo del patio, tres nenes juegan.

Podemos ver dos subibajas, un tobogán, y una hamaca de goma con una de las sogas rota, por lo que no sirve. Los dos nenes están en el subibaja. La nena se inventa la diversión como puede, llenando su balde con las hojas del roble que, rojo ladrillo, empiezan a caer del árbol. Pero de a rato los mira, recelosa. No le gusta que la dejen afuera, naturalmente, pero lleva la situación con mesura porque está acostumbrada. Desde que tiene memoria, es la única mujer entre todos sus primos y en ocasiones esa desigualdad la deja un poco sola. Primero se saca por unos segundos las botas de lluvia porque se le llenaron de piedritas y le lastiman el talón. Después improvisa una trenza cosida que hace poco le enseñó Vilma, la señora que cuida de ella y su hermano, que después de una semana entera de esta lluvia de abril lo dejó en cama, sin fuerzas ni vigor para ir a jugar con los primos. Pero después de dar vueltas y vueltas se cansa y les pide, empezando con un tono neutro, luego más solícita y ya a lo último sollozando, que le toca a ella ahora. Es su turno. Ante la indiferencia de los niños, se encapricha y se sube de prepo al subibaja, atrás de su primo menor. Pero a los nueve años, los nenes tienen que mostrar desapego ante el contacto físico femenino. Entonces el primo menor no tarda en salir despavorido.
El que se quedó en el otro extremo del juego, dobla la apuesta y lo invita al despavorido a subirse junto a él. Si son varones no hace falta el desapego. En cuanto se sientan los dos, la nena se inquieta. Tienen los tres prácticamente la misma edad. Y son igual de flacos, largos y bonitos. Pero matemáticamente, dos cuerpos contra uno, la doblan en peso. Pide que paren pero los primos se balancean cada vez con más fuerza. La nena, atrapada en la vorágine empieza a llorar. Grita. Moquea. Solo le queda tirarse del subibaja hacia el suelo amortiguado por las hojas, pero semejante tarea no le hace gracia, saldría lastimada. Los nenes sienten que están en una montaña rusa, se ríen y registran ese contoneo en la panza característico del movimiento del barco pirata. Alcanzan tanto vuelo que en la próxima bajada ellos dos tocan el suelo para volver a despegarse enseguida, pero antes de completar el recorrido la nena que llora en el otro extremo, sin poder ya mantenerse aferrada, sale expelida. Rebotaron con tanta fuerza contra el piso que la despegaron de su asiento. Cae boca abajo en medio del subibaja, se rompe la pera que le explota de sangre en cuestión de segundos, se da la cabeza contra el caño transversal que sostiene el tablón de madera, y cae al piso, inmóvil.
Los primitos se vuelven estatuas. Les da miedo hasta parpadear, se mantienen mirándola fijo con los ojos bien abiertos. Por dentro el corazón se les está desgarrando. No es seguro que haya muerto pero la pena que sienten en ese momento, intuyen los acompañará por el resto de sus días; es una sensación en el pecho, que de golpe se les encorsetó. No piensan en el castigo, solo quieren que sus cuentos se hagan realidad y una máquina del tiempo les devuelva a su prima en el momento preciso en que pidió que pararan. O mejor aún, cuando todavía estaba juntando hojas en el balde.

El señor del montgomery, que estuvo observando todo, se acerca cauteloso. Se detiene en los ojos húmedos de los primitos varones, “nunca vi la cara del horror en criaturas pequeñas”, llega a pensar el señor. Se acerca a la nena que había quedado, cual muñeca rota, despatarrada en el piso. Los nenes no se habían atrevido a rozarla, se les había vuelto el misterio más inabarcable del universo, como un animal embalsamado, de esos que ven en las películas. El señor corre los pocos pelos que le quedaron a la nena de la trenza cosida en la cara, ve cómo la sangre le va cubriendo la campera y el vestido de volados que ahora es rojo bermellón. El primito menor rompe en llanto y no logra contener el pis que cae de un tirón por su pantalón. El mayor sigue estático, tenso, con los puños cerrados y los labios bien rígidos. Rechina los dientes y no corre saliva por su boca. El señor vuelve a dejar apoyada, con mucho cuidado, a la nena; la pone de costado. Se levanta y mientras piensa en el deshabillé, el deshabillé floreado de Rafaela que nunca más volverá a ver, mete la mano en el bolsillo izquierdo del saco.
Suenan dos disparos.
Tres segundos después, un tercer disparo.
Los pájaros salen volando. Los que dormían la siesta se despiertan. Entre ellos Vilma, ya es hora de ir a buscar a los chicos, se dice a sí misma. La nena en el piso abre los párpados, algo mareada. Y alcanza a ver a unos metros, a sus dos primitos y un enorme montgomery gris, desplomados en el extenso colchón de hojas.

Este relato se escribió bajo el siguiente procedimiento:

*Elegir una persona en la calle, de entre la multitud y describirla. Escribir hacia dónde va y de dónde viene. Pensar una escena del pasado -un recuerdo- que se conecte con algún episodio actual
que vaya a cambiar su vida dramáticamente.

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